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JUSTO POR PECADORES

agosto 22, 2008

Perdí la cuenta de las veces que consideré hacer este post. Temía sonar indolente. Pero mi paciencia se agotó, excedió sus límites, y no me queda más remedio que hacer catarsis.

Día con día los vemos en las calles. Nos toman por asalto en cualquier intersección. No sé cómo será en otros países, pero los de Dominicana se creen dueños del mundo, con derecho a todo.

Los “limpia vidrios” y la gente que se quiere ganar el dinero más fácil de la cuenta me tienen HARTO. Disculpen la expresión, pero es así como lo siento de corazón.

Cómo es posible que cada vez que tengamos que frenar por un semáforo en rojo, veamos que una esponja mojada y sobre todo asquerosa choca con los cristales de nuestros vehículos. ¿Y si lo acabo de lavar? ¿De qué sirve semejante acción cuando está lloviendo? ¿Desde cuándo estoy yo obligado a pagar por un servicio que no pedí? De verdad no lo entiendo. En vano he tratado de hallar las respuestas a mis interrogantes. Es una falta de respeto.

Lo peor es que se enojan contigo si les impides llevar a cabo su rutina. Uno de ellos me regaló la famosa ofensa que se hace con los dedos por no haberlo dejado salirse con la suya. Otro me dijo hasta del mal que me iba a morir. Y en una ocasión hasta me rayaron el carro.

El caso de la gente que quiere vivir fruto del esfuerzo de otro es aún más molesto. Sin inmodestias, puedo decir que siempre me he identificado con las necesidades del prójimo. Desde niño me involucro en importantes causas sociales. Sé que no todos corremos con la misma suerte, y que dando un poco de lo que tenemos podemos contribuir a mejorar el estilo de vida de muchos.

Yo soy muy bueno por las buenas, por las malas, muy malo. Tenía por costumbre regalar todas las monedas que cargara conmigo a quienes se posan en cada esquina o tocan los cristales laterales del auto en busca de ayuda. Lamentablemente, ya no lo hago. Una serie de sucesos desafortunados me arrastró a cambiar de opinión. Y ahora todos pagan “justo por pecadores”.

En una oportunidad vi a un hombre al que le faltaba una pierna, y al que traté de apoyar, salir caminando en plena Churchill. Qué descaro. Pero la anécdota que rebozó la taza es ésta:

Una tarde, mientras salía de Milenium -emisora en la que trabajé durante 5 años-, un señor me contó (con llaves en mano) que su carro se le había quedado varado en plena Gómez con Kennedy. Me sonó convincente, me puse en su lugar, y le di 50 pesos. Al final del día, me sentí súper bien de haber sido útil. Hasta ahí todo perfecto. Al día siguiente, cruzo por la misma calle y, créanlo o no, el mismo señor me abordó con la misma historia. Me puse pálido. La indignación que me provocó es indescriptible.

Cuál es la necesidad de jugar sucio. Qué les cuesta ganarse las cosas fruto del trabajo como la mayoría. Hasta cuándo seguiremos siendo víctimas del engaño de oportunistas.